Spamers

Este blog, algo abandonado pero mi blog en cualquier caso, no es una pizarrita ridícula para que dejéis vuestra mierda publicitaria. Si necesitáis presencia en la red podrías probar a pagarla, en lugar de dar por el culo a la gente a la que obligáis a ir borrando vuestros comentarios ridículos, que además, jodidos tontos del culo, no ven la luz.

Creo que queda claro el mensaje de “estoy hartita”. Buscad otra pizarrita o creadla vosotros, que es gratis.

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Por saber que sigo ahí

Cantaría una saeta, pero creo que basta con un ¿eeeeeeeeoooooooo? ¿Hay alguien?

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Lo que da de sí un revival

El poema de antes ya no me gusta. Lo acabo de leer y me parece una parodia vil y sin gracias de ese “inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas…”. No sé qué estado de ánimo me gobernaba ese día en que me pareció tan actual, pero: ¡puagh!

Y voy a lo que voy.

Este fin de semana ha sido el primero en mucho tiempo en que he podido notar cierto relax en lo que al trabajo se refiere, así que me eché a bucear por estas redes de comunicación que nos envuelven. He cogido otro ordenador que se lleva mejor con el amigo Bill, y me picó la curiosidad de volver a abrir el Messenger después de muuucho tiempo. Lo que me encontré, aparte de muchas buenas sorpresas, fue la confirmación de que hay más tontos que botellines, que con rencor no se vive bien, y que la gente está pero que muy aburrida.

¿Os acordáis de aquel post sobre los amigos de hace tiempo? Pues resulta que una de esas personas a las que pedía disculpas por no sentirlas, me suelta, después de algo así como siete años, que fui “pero que muy mala”. Me pareció tan mezquino que esperara a que yo le hablara para echarme a los perrillos (porque no llegaban a perros como dios manda), y, lo que es peor, tan, pero tan estúpido, que la despedí con un “que te vaya muy bien” y pasé de contestar. He pensado que era mejor dedicarle un comentario socarrón, ya que estoy tan poco risueña últimamente.

Al margen de esta anécdota, tan poco reseñable como su protagonista, he descubierto el cara-libro. Reencontrándome con gente a la que no veía desde hace milenios, a otros que no hace tanto, y a otros a los que veo a menudo. Amigos que han sido padres, que viven fuera, que cambiaron de vida y de ocupaciones… y que después de mucho tiempo te responden como si no hubiesen pasado más que semanas. No deja de ser hermoso aunque venga envuelto en un papel que no me convence del todo.

A algunos de ellos les perdí la pista por algo tan tonto como cambiar de teléfono cuando me lo robaron… dos veces. Ha sido un regalo encontraros en estos días en los que, como digo, no estoy muy risueña, así que espero que a partir de ahora sea más difícil romper ese hilo comunicativo del que me hablaba mi amigo el Vargas esta mañana.

Por cierto, Vargas: tienes razón con lo de mi trenecito. Tomo nota, pero no dejes de visitar mis railes, que se quedan más tristes todavía.

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Por decir que aún sigo viva

Esto lo escribí hace tiempo, y no sé por qué ahora me parece de lo más actual. Sorpresas que me da la vida…

INGRINA

 

Mi alma

se quedó allí,

girando

entre las algas,

murmurando

cómo la

Espuma

vino a abrirse

por parir

el mar mismo.

 

Me dejé

olvidadas las manos,

enterradas

en la arena,

ahondando,

buscando ellas solas

la palabra única

-perfecta-

para inundarlo todo.

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Unas cuantas razones para el silencio

Hace tiempo que no escribo, lo sé.

Me falta el tiempo, y creo que también me falta esa energía extraña que nos permite divagar. Supongo, en cualquier caso, que hoy no es un buen día para escribir, ya que no es representativo de mi estado habitual, aunque ya tampoco tengo claro cuál es exactamente mi estado habitual. Creo que lo más objetivo que puedo decir es que estoy ocupada.

Los días pasan rápido, demasiado rápido, pero agradezco que sean fugaces porque noto menos que me siento sola, entre mucha gente y sola. Echo de menos a mis amigos, ahora sólo tengo compañeros.

Me ahogo en papeles absurdos que debo rellenar, escribir, mandar o firmar, sintiendo que todo es un inmenso teatro en el que yo sólo represento un papelito más. Intento hacer bien lo que me importa, a pesar del tiempo que pierdo en estupideces, intento enseñar y me siento bien al conseguirlo. La paradoja es que parece que es lo menos importante.

Para acabar de arreglarlo, la puta navidad me acecha tras las vacaciones. Este año será aún peor: más violento, más tenso, más cansino y con más carga de culpa. Podría hacerlo mejor, pero no sería yo.

Estoy cansada, harta y cansada. Es la razón de no escribir más.

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La mili

Parece mentira, pero se ha acabado. Muchos meses, una mili, y se ha acabado. Como todas las cosas que duran tanto, este periodo ha dejado tras de sí un vacío, la sensación de que sobra el tiempo; y, como novedad, también ha guardado en mi cabeza muchos buenos recuerdos. En cualquier caso, la maniática de los balances debe hacer su trabajo…

- He conocido a personas falsas, que disfrazan su mala leche con palabras huecas.
- A yonkis del poder, de un absurdo y limitadísimo poder. Minicaudillos ridículos, llenos de complejos, amargados por tener las justas luces para darse cuenta de que nadie les sigue.
- A tontos, tontos del culo que no caben en otra clasificación.
- Algunos tarados, que algún día puede que salgan en las páginas de sucesos.
- Personas débiles, que no buscan soluciones sino eterno consuelo. Una nueva evidencia de que la debilidad va de la mano del egoísmo.
- Pero también he conocido a gente buena: que se preocupa por hacer bien lo que hace, que vive su vida sin hacer daño, que te regala una sonrisa con comentarios de un humor negrísimo o que dice lo que piensa en voz alta y sin paños calientes, gente que lucha por lo que quiere y que siempre tiene un buen gesto. E incluso gente que es capaz de sorprenderme, de estimularme o conmoverme. Personas a las que creo que puedo llamar amigos.

No es mal balance, obviando los 8 kilos que he puesto por no poder despegar el culo de la silla. He vuelto a casa, con todo lo que eso supone, puede ser síndrome de Estocolmo, o que vuelvo a tener sobre la espalda el peso de mis viejos problemas, pero a ratos echo de menos estar allí.

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Un poema para un momento sin poesía

RESPUESTA

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.

Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.

Que tú me entendieras a mí sin palabras

como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte,

Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes.

Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible,

la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.

Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.

Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,

yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese.

Criatura también de alegría quisiera que fueras,

criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte.

Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas

y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil,

y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,

y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde…

Si ahora yo te dijera

que es tu vida esa roca en que rompe la ola,

la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste,

aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha,

aquel niño que azota la mar con su mano inocente…

Si yo te dijera estas cosas, amigo,

¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,

qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?

Y ¿cómo saber si me entiendes?

¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?

¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?

¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,

poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.

José Hierro

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Curiosidades sobre el tren

Detesto a la gente que deja comida en el plato por principio. Son aquellos que desprecian aquello que se les da tomando sólo lo que les es propicio. También son los que pretenden beber la vida a pequeños sorbos. No me gustan los parcos.

Quien me conoce sabe que, de un tiempo a esta parte, odio que me regalen pendientes. Me siento incómoda agradeciendo un regalo que me obliga a cambiar mis orejas, y, lo peor, a que luego me las estén mirando.

Me da mucho asco que me toque la gente. No todo el mundo, no a todas horas; me pasa que no entiendo a esa gente sobona que invade sin reparos mi espacio personal. La paradoja es que también hay momentos en los que me muero por un abrazo o una caricia. Sé que no lo pongo fácil.

Me aterra engordar. No me siento yo misma cuando no quepo en mis pantalones favoritos.

No soporto que no me quieran aquellos a los que quiero.

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¿bien?

Tanto sin escribir… bueno, sin escribir aquí. Estoy ocupada, más que nunca. Y cansada, muy cansada.

Me matan los viajes constantes por trayectos de sobra conocidos.

Siento en el alma la situación y no poder hacer más de lo que hago, o que no se me ocurra qué más hacer.

Pero me siento bien, a secas. Es una sensación extraña… ¿el tren se sale del círculo?

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Siquiera el recuerdo

Cuántas veces pensamos que somos únicos, o en la importancia infinita de todo cuanto hacemos, que somos insustituibles en un lugar o en el corazón de alguien… y luego llega el aviso de la pálida dama y descubrimos una vez más que todo es mentira.

La sola mentira a la que no renuncio es la de ser irremplazable dentro de aquellos a los que amamos y que nos aman. Creo firmemente que puede ser cierto. Si morimos sin dejar un vacío dentro de otro ser humano es que nuestra vida no ha valido la pena. Aunque nuestro viudo o viuda vuelva a amar, aunque nuestros hijos y familiares continúen con su vida… debe haber algo que siempre recuerde que alguien estuvo ahí, como el cerco de la taza caliente sobre el cristal de la mesa, como el olor de los cajones donde un día se guardaron nuestras pertenencias, el tacto de las hojas de los libros que ya pasaron nuestros dedos, una mirada en alguna foto, e incluso el eco de nuestra risa en el barranco de algún recuerdo. Algo queda. Debe quedar.

Pero si que es inevitable sentirse pequeño, inútil y desvalido ante la inminencia de la nada, de no existir. Nuestro trabajo en el mundo, nuestros desvelos, todo lo que llenó nuestros días se hace insignificante, provocando un pánico que nadie puede comprender o superar. En esos momentos, como digo, el único consuelo posible es saber que algo de nosotros permanecerá en lo más profundo de quién nos amó. Así debe ser y así será.

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