Un regalo volátil
He tenido muchos amigos en mi vida, como zapatos tuvo Forrest Gump, y espero no dejar de encontrarlos, y no perder los que tengo ya. Este es un breve recorrido por los más importantes, por los más queridos. Un brindis por ellos, en son de despedida para los que así lo quisieron. Para los que siguen conmigo, espero que os reconozcáis en estas letras. Este post es mi pequeño regalo.
Mi amiga de la infancia, la primera, a la que más quise, me curraba cantidad en el recreo hasta que le respondí; desde entonces fuimos inseparables. Debería recordar más esa lección. Muchas gracias.
Cuando estaba a punto de ser adolescente tuve un grupo de amigas de las que era la jefa. Tardaron poco en traicionarme. Poder, amistad: fricción. Aforismo.
Tuve una amiga que hubiera competido conmigo hasta por llevar las bragas más sucias. Me enseñó que aquello no era precisamente amistad. Por su valor educativo, gracias. Por lo demás… ja.
Salí con un ceporro durante un año y medio, aprendí que los amigos no se hacen por osmosis. Y a dios gracias.
Dicen que en la facultad se hacen buenos amigos. Yo tuve cinco amigos en aquella época: un amante frustrado (no se ha de contentar siempre a todo el mundo), un alma cándida que al final creyó a todos menos a mi, una que siempre será pequeña entre grandes, y al mejor amigo que he tenido y creo que tendré, que se despidió de mi y no quiere reencontrarme. A la última la conservo, por fortuna. Me sigue enseñando la constancia, el valor del esfuerzo, y deslumbrándome, aún hoy, con una suerte de inocencia que se hace sinfonía.
Durante un largo tiempo me creí parte de un grupo al que adoraba. Mi amigo el fuerte, el práctico, resultó ser demasiado práctico. Que le vaya bien en su mundo útil. Mi amigo el inocente debía crecer solo. Que no se haga, ni le hagan, mucho daño. A mi amigo el callado supongo que le resulta más sencillo guardar secretos solo, aunque no obvio que hay más motivos. Que le quieran mucho, se lo merece. A mi amigo el egoísta le deseo que no tenga que compartir nada. A mi mejor amiga durante tanto tiempo le regalo el que no tenga que mentir más ni sulfurarse, y le doy las gracias por haberme hecho tan fácil olvidarla por los últimos tiempos que compartimos. Me quedo con lo bueno, con lo que hicieron por mi, por lo poco o por lo mucho, enormes gracias.
Hubo una misteriosa amiga, a la que tanto quise, a la que no sé qué mal hice para perderla. Todavía hoy creo que sabe que sólo tiene que silbar si me necesita.
Para mi brujo: jamás nadie me ha regalado una noche más triste y más hermosa. Espero repetirme en tus pesadillas.
Tengo un amigo que desde lejos me recuerda que no debe uno conformarse jamás, que busca siempre su disparo de nieve. Por alguna razón le siento cerca. Deseo que siga explorando las estrellas.
Como curiosidad intercalo que hay gente a la que nunca he considerado amigos aunque ellos piensen que sí. A ellos, mis más sinceras disculpas por no sentiros.
Mi amiga, la que me pega el acento, siempre viste de verde para mi. Me descubre de nuevo el placer de pasar noches en vela por no poder parar de hablar. Me entusiasma compartir con ella mis planes maquiavélicos o tramar alguno juntas. No sé qué regalarle porque fue ella quien me dio el mejor de los regalos: devolverme la esperanza en los demás. No en todos, por supuesto.
Hay dos de mis amigos que están juntos, que además se quieren, y mucho. Viven en una isla la mar de independiente en la que no se siente pasar el tiempo. Él aún se entusiasma cuando habla y hasta nos contagia a veces. Ella reinventa el saber estar y la empatía. Ambos son como el bourbon y el blues… ¡se está tan a gusto con ellos!
A veces me desespera no poder ayudar más a mi amigo el manirroto, pero no es su culpa. Ha perdido la fe cuando más la necesitaba, y quiere amar y que le amen, pero sólo va encontrando migajas de todo, migajas del mundo. Tirita de frío y de hambre. Ojala yo tuviera más sonrisas que regalarle.
A todos los demás, no os estoy olvidando, y tampoco estáis entre las curiosidades. Sois la cara amable de lugares a los que no deseo volver, sesiones de cine inolvidables, momentos mágicos que no puede nadie arrebatarme. Como diría otro amigo, aunque él no sepa que lo es, “las últimas palabras del credo”.