Soy lo que soy. Siempre puede uno disculparse, pero no puedo evitarlo.
Cuando fallo siento una pequeña muerte, una exhalación de desencanto en mi nuca de ese alguien que siempre me observa, veo el ciervo y la araña en el espejo.
Si acierto noto que el hueco se rellena a medias, la sonrisa parcial, las palabras sin hilo.
Pero tengo mis raíles curvados a la izquierda y a mi eterna compañera. Y siempre llevo en las maletas lo que no he ido perdiendo en mis viajes: el peso de los días que no guardan esperanzas ni alcanzan sueños, el dolor de que no me perdonen, la ira que me hace llorar y que no pretendo comprender, los proyectos sin obra, el borde frío del abismo, las pilas de volta en las aurículas, las mañanas en las que recojo piedras para ir llenando los bolsillos, la mirada fija de los pájaros, mis fotos en la cartera de mi hermano, todos los “te quiero” que me han dicho, las ausencias…
Llevo en mi corazón a Nabokov y a Lolita, las mariposas, a Poe y Annabell Lee, a Pessoa, a Whitman, las imágenes del I-Ching, mis pinceles y mi pluma, la madera y mis manos, el color, la lluvia, los árboles que he de plantar, a mi padre y nuestros sábados, el olor de mi madre, Ingrina y Versalles, amar.
Soy yo cuando me equivoco y cuando acierto, la que nunca está satisfecha y la que nunca quiere hacer daño. Soy yo con lo que tengo y lo que perdí ¿cómo podría evitarlo?