Hasta hace unos días no me había parado a pensar en ciertas cosas, curioso en mí que me detengo a pensar en todo y a veces demasiado. Creo que es un buen ejercicio hacer balance de cuando en cuando.
Hace tan solo un año mi vida era diferente: otro lugar, otras gentes, otros proyectos de futuro, otros objetivos profesionales. La vida que iba a tener me gustaba mucho, muchísimo; en parte era lo que siempre había deseado. Mi cabeza bullía sin parar y hacía listas para todo (me encanta hacer listas de tareas e ir tachando, o mejor poniendo un bien al lado, cuando las voy cumpliendo. En realidad tengo agendas por poder hacerlo y no por la memoria). Todo iba a ser distinto y cada centímetro de mí lo agradecía.
Pero una vez más el cachondo que juega con los mandos de mi Play, dio un giro de 180º. En un solo día, el escenario que había construido con tanta ilusión se vino abajo por completo (problemas de ratas y termitas). Sin nada bajo los pies, tuve que sentir otra vez el suspense, eso que no sienten los niños bien, que incluso de forma inconsciente notan siempre las manos de papá bajo los sobacos como cuando empezaban a andar. Lo más extraño es que no fueron las decepciones lo que peor llevé, de hecho no me sorprendieron ni les dediqué una sola lágrima, solamente estaba enfadada, y también se me pasó hace tiempo. Para mí fue absolutamente sorprendente. No me paré a pensarlo, fue simplemente natural. No me herían, ahora lo sé, porque hacia tiempo que no había amor que rasgar, y lo que yo había buscado con avidez no era sino un recuerdo, una imagen que no existe y tal vez nunca existió mas que en mi corazón. Cuánto debí querer ese recuerdo. Ayer me dijeron una frase genial (lástima no poder profundizar más con esta chica). Dijo, más o menos textualmente:
“ A veces la amistad es como el calendario maya: funciona durante mucho tiempo aunque esté basada en supuestos equivocados”
Hoy llevo otra vida en otro lugar, con otras gentes, otros proyectos de futuro, y nuevos objetivos profesionales. Excepto por lo último, esta vida me gusta más que la que planeaba hace un año: el lugar, bueno, cualquiera es mejor que aquel, pero en este me siento bien, y no es la gente o el ambiente, es la tierra, las calles, su cielo. Esta ciudad me dice cosas. Entre mis proyectos de futuro el más amado es hacer de mi nueva casa un hogar, no un reportaje del “Casa y Jardín” (que también), sino un sitio al que volver, nuestro lugar en el mundo. La gente que me rodea ahora me gusta, me hacen sentir bien cuando están conmigo, y les gusto yo, tal cual. Y el trabajo, pues vale: hay que trabajar; no me entusiasma, no son carreras por la oficina con un diseño genial, no son los nervios de las presentaciones, los nuevos clientes que alaban tu trabajo… pero tampoco me hace sentir mal o incompleta, y a veces ser docente te hace regalos maravillosos.
Esta es la vida que me ha tocado, la acepto y he aprendido a disfrutarla, no la cambiaría por la de nadie. Creo que esta vez me ha sentado bien cumplir años.