El futuro ¿en buenas manos?
Hace ya algún tiempo mantuve una conversación acerca de la inutilidad de tratar de ver el futuro, las cartas o las dotes adivinatorias en general. Como buenos occidentales, concebimos pasado, presente y futuro; futuro impredecible, pero más pacificador que el de otras culturas: mediante la observación del pasado y el presente sabemos que, muy probablemente, el futuro será de una u otra forma. Lo más hardcore que logramos asumir es la ciencia ficción, porque “ciencia” va seguido de “ficción”, pero siempre dominados por el escepticismo.
En la sociedad de las comunicaciones la información ha de tener un canal objetivo, palpable. No se puede asumir que determinadas personas reciban imágenes de lo venidero usando su mente, sus sentidos, como único soporte o línea de transmisión. El saber, que, en nuestro retablo cultural (mira que me gusta esta expresión…), se almacena en estanterías, no puede conceptualizarse como algo que flota en suspenso, sabe Dios dónde, algo que, por su mero capricho, puede elegir a sus receptores. Esto es la pesadilla de cualquier científico tecnócrata (comprensible si se piensa que ha dedicado su vida a aprender las leyes del funcionamiento del mundo, para que luego venga un chamán australiano a comprometer tanto estatismo y polivalencia. Cómo culparles de nada, yo también lo haría).
En cambio, para algunas culturas el tiempo se piensa como puro amor a lo que la vida tiene a bien hacernos aprender. Los hopis, por ejemplo, sólo tienen por una parte lo que han vivido y viven como única categoría, el pasado no merece la pena ser narrado o explicado, simplemente porque es algo que está; por otra parte lo que aún no ha sucedido. Y en esta última todo cabe… lo mágico, lo tecnológico, lo divino, lo epidémico… la vida en un sentido más amplio de lo que nosotros podamos llegar a entender jamás. En este momento de mi vida sería colosal conocer a un pueblo con ese talante para aceptar la sorpresa.