Reencuentros
Habían pasado casi diez años desde la última vez que le vi. No era, desde luego, el mejor sitio para encontrarse con nadie, él estaba sorprendido de mi visita, y yo me quedé en blanco por tener que hablar con un cristal de por medio. De todas formas, antes de eso, ya hacía mucho que no hablábamos. Casi no recordaba cómo era su risa, o cómo era mirarle a los ojos sin que estuviesen rojos y llenos de ansiedad.
El viernes pasado mi madre me llamó diciéndome que estaba aquí, y yo fui con todas mis reservas, dispuesta a pasar un rato breve y tenso hasta encontrar una excusa para irme a casa; pero me quedé todo el día con él. Me descubrí a mi misma teniendo de nuevo esperanzas, llamándolo de nuevo “mi hermano” sin tristeza en la garganta.
Ayer le despedí con un abrazo mientras me decía que me quería, y mientras yo rogaba por no tener que saber nunca más que ha vuelto a caer, mientras me preguntaba qué misterio hace a la sangre tan poderosa como para mantener el amor en suspenso y sin rasgarlo apenas a través de los años.