Siquiera el recuerdo
La sola mentira a la que no renuncio es la de ser irremplazable dentro de aquellos a los que amamos y que nos aman. Creo firmemente que puede ser cierto. Si morimos sin dejar un vacío dentro de otro ser humano es que nuestra vida no ha valido la pena. Aunque nuestro viudo o viuda vuelva a amar, aunque nuestros hijos y familiares continúen con su vida… debe haber algo que siempre recuerde que alguien estuvo ahí, como el cerco de la taza caliente sobre el cristal de la mesa, como el olor de los cajones donde un día se guardaron nuestras pertenencias, el tacto de las hojas de los libros que ya pasaron nuestros dedos, una mirada en alguna foto, e incluso el eco de nuestra risa en el barranco de algún recuerdo. Algo queda. Debe quedar.
Pero si que es inevitable sentirse pequeño, inútil y desvalido ante la inminencia de la nada, de no existir. Nuestro trabajo en el mundo, nuestros desvelos, todo lo que llenó nuestros días se hace insignificante, provocando un pánico que nadie puede comprender o superar. En esos momentos, como digo, el único consuelo posible es saber que algo de nosotros permanecerá en lo más profundo de quién nos amó. Así debe ser y así será.