Thursday, December 14, 2006

el astronauta

Aquí os dejo algo que escribí hace tiempo para que conozca la luz que hay fuera del cuaderno.

Creo firmemente que hay un solo instante en el día en el que somos nosotros mismos. Este es mi momento: sentado frente al mar en nuestro bar, que ya casi siento sólo mío, y en el que, lo niegue o no, te espero cada tarde desde hace demasiados meses. Aquí me quedo a solas con tu recuerdo, sin tener que fingir ante nadie que no te pienso, como si compartiese el café con el espectro de alguien a quien amé y que acaba de morir.

Así, cada tarde, del modo en que se empieza un libro, yo emprendo la tarea de releerte en mi memoria. Comienzas presentando a una niña disfrazada de india a la que salpica el sol en la terraza, aquella otra subida a un columpio, la de la playa o la bicicleta color canela. Después avanza el argumento y me asalta tu rostro pensativo, el acantilado de tus labios, y esos ojos de hierba y sol… o tu cuerpo, con el bósforo de sal del que yo bebía al bajar por tu cuello, las aristas de tus hombros, de tu pecho, la curva del vientre, o el descenso por tu espalda de suavidad desbocada. A más de la mitad de mi libro todo tu cuerpo se me antoja un bloque de espinas sobre mi corazón, mi piel te llama a gritos repitiendo que eres el ser más condenadamente bello que pisa esta tierra.

Cuando más ganas tengo de besarte, llego al capítulo final y acierto a palpar tu ausencia, cuando quiero tocarte y no estás conmigo. Vuelvo a leer, intentando convencerme, que la vida que compartimos ya no existe, tampoco nuestra manera de entender el mundo o el tiempo, o esa forma de disimularlos. Sé que los otros han olvidado nuestro nombre compuesto… no puedo culparles; incluso a mí empieza a costarme recordar cómo era decir que te quería sin más escudo que bajar los ojos, con la triste franqueza del que se sabe solo ante el amor, intentando ahogar las esperanzas con tus palabras duras. Cómo era que se me derramase el adorarte por los labios cuando eras genial con una frase, y yo miraba a todos haciéndoles notar que eras mía. ¿Cómo era nuestro amor cuando aún era niño?

Acaba el libro y me hielo. La tristeza se asienta en los huesos si pienso en tu despedida, tan distanciada. Mientras te alejabas, dejándome en este bar, pensaba en que me llamabas astronauta por querer llegar siempre a tu cara oculta. Ahora pienso que habrá otro que roce esa cara que nunca me fue descubierta, y en tu boca dibujando otro cuerpo que no es el mío. Sólo me queda buscar estrellas sobre el mar como quien busca respuestas o promesas, buscar tu inicial en el filtro del tabaco, como hacíamos con los amigos durante el recreo del instituto.

No sé ya que hacer, amor mío. He rezado, he pecado, llorado y reído a medias, trabajado y malgastado el tiempo, fumado mucho y dormido poco… y, definitivamente, no he dejado ni por un momento de pensar en ti. Maldigo este agotamiento inevitable del desamor, y sin embargo siento que es la única luz que puedo encenderle a alguien que percibo que me busca en sueños, sin decidirse a encontrarme. Imagino que puedes ser tú y que tal vez pienses que puedo estar donde me dejaste, esperándote. Imagino escuchar una voz conocida tras de mí, que pregunte al camarero “¿sigue aquí el astronauta?”.

Posted by lolita at 13:55:30 | Permalink | No Comments »